Ser Para Hacer

Siempre he creído que llega un punto de quiebre en tu vida espiritual que te hace voltear a ver los ojos del que todo lo puede: un momento, un instante, una decisión, una tragedia, un dolor, una pérdida, una enfermedad, un divorcio. Momentos en que duele el alma, es un dolor que no se cura con una pastilla, con un médico, con una curita, y te lo digo por experiencia propia.
Todo comenzó cuando dejé de lado mi espiritualidad y me concentré en hacer, hacer y hacer, hasta que un día todo se derrumbó. No había construido mis cimientos bien, la base no estaba bien, por eso todo se fue abajo: mi matrimonio, mis finanzas, mi negocio y yo misma. Estaba devastada, cansada, agotada; mi brillo se había ido, veía el mundo oscuro, triste. Así duré muchos meses.
Iba de médico en médico, pero nadie me daba un diagnóstico. Mis síntomas eran: dolor en mi pecho (era muy punzante), angustia, tristeza, amargura. Todos los exámenes salían bien, pero yo me sentía pésima, cansada, agotada, y ese dolor no cesaba, hasta que alguien me dice: "Tú tienes quebrantado el espíritu". Y yo me pregunté: "¿Y quién me cura?".
Muchos meses duré así, sonriendo por fuera y por dentro llevando una cruz. Un día decidí empezar a ver los ojos de Dios. Empecé a creer en Él, porque recuerden: una cosa es creer en Dios, otra cosa es creerle a Dios; es una gran diferencia. Empecé a hablar con Él, empecé a leer sus escrituras, y poco a poco me fue mostrando mujeres increíbles que en otro blog les hablaré de ellas a más profundidad.
La primera fue la samaritana. Un día me puso a escuchar una canción de la samaritana que hablaba de una mujer cansada, agotada, triste, vacía, agobiada, y sentí que esa mujer era yo. Luego, en una hermosa prédica de Dante Gebel llamada Jadasa, conocí la historia de Ester y yo: "¡Wow! Esta mujer también se parece a mí". Y no es que Dios me hable al oído o que sea su elegida, ojalá fuera así, pero desde que decidí entregarle mi vida a Él, empezó a mostrarme en libros, en videos, en canciones, en mensajes, que Él está a mi lado.
Luego me mostró el Espíritu Santo, y entendí que si tú no le das alimento a tu espíritu, él se marchita. Y eso me pasó a mí: me olvidé de lo divino, me olvidé del silencio que conecta con la esencia, me olvidé de la oración, y mi espíritu se marchitó. Ese era el dolor que yo sentía: ansiedad, depresión; era mi espíritu quebrantado. Empecé a volver a la fuente de vida y hoy puedo decirles que es lo más grandioso, es volver a nacer.
Pero aquí hago un paréntesis: una cosa es la espiritualidad y otra es la religiosidad. Y mira, te explico: religiosidad, te voy a poner un ejemplo, es ir a la iglesia, orar, recibir el pan de vida y odiar a las personas. Eso es religiosidad. Religiosidad es orar todo el día, pedirle a Dios, arrodillarte y serle infiel a tu pareja. Eso es religiosidad, y creo que todos en algún momento de nuestra vida hemos sido religiosos.
Ahora, ¿qué es la espiritualidad? Es COHERENCIA, solo tiene esa respuesta. ¿Y qué es coherencia? Es hacer algo bien así nadie me vea, porque sé que Dios sí me ve. Qué bella definición, ¿no? Por eso quiero que sientas paz, serenidad, espiritualidad; eso no lo compra todo el dinero del mundo y lo tienes allí adentro gratis.
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